Ping Pong Master
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Juegos / Ping Pong

Ping Pong Master

Mito o realidad, lo cierto es que era muy difícil ganarle un partido y la gente lo sabía, por eso solía ser un desafío para cualquiera jugar contra él.

Cuentan las buenas lenguas que se pasaba los días y las noches en el Sanber, tomando un té, mirando televisión, charlando con amigos. Cuentan las malas lenguas que cada dos por tres su mujer tenía que llamarlo por teléfono al bar para que él se acuerde de que tenía una casa.

Como toda gran historia, la de Oscar comienza con un corazón destrozado y termina con un final feliz. Su primer amor, el tenis, era en ese entonces un deporte reservado para la alta sociedad, inalcanzable para su economía familiar. Fue entonces que un amigo de verdad, uno de esos que te dan cuando la vida te saca, le presentó al ping pong.

Quienes lo conocieron sostienen que se tornó invencible. Mito o realidad, lo cierto es que era muy difícil ganarle un partido y la gente lo sabía, por eso solía ser un desafío para cualquiera jugar contra él. Lo buscaban, se le acercaban a cada rato proponiéndole un partido, con la esperanza de obtener la gloria, derribando al mito. Pero la fama tiene su precio y Oscar imponía sus condiciones: “yo cobro $10 la hora”, decía. Y todos aceptaban de buena gana.

Dicen también que nunca se cansaba de repetir que él se iba a morir ahí, en el Café San Bernardo, con una paleta en la mano. La fortuna quiso que así sea. Un martes 9 de febrero de 2010 la dama que no descansa, la que nunca se equivoca, salvo con Sueiro, le hizo un guiño mientras definía un encuentro en la última mesa del salón, rodeado de amigos.

Su esposa no volvió a llamar buscándolo, pero para la gente del Sanber, Oscar sigue ahí, aceptando desafíos, peloteando entre las mesas, abrazado a su paleta.

Hoy lo recuerdan una placa en el salón, algún que otro video en Youtube, un corto documental “Ping Pong Master” y los cientos de jóvenes que se acercan a la noche a disfrutar del “ping pong libre de los martes”, un homenaje del Café San Bernardo a uno de sus habitués más distinguidos e inolvidables.