Los notables personajes del Sanber
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El Sanber

Los notables personajes del Sanber

El San Bernardo es muchas cosas: es billar, es charla, es un vermuth y es madrugada. Pero sobre todo, el Sanber es su gente. Atravesar su austera fachada es descubrir un mundo donde todavía conviven los “de siempre” y los “nuevos”, los “del barrio” y los “extranjeros”, los “jóvenes” y… los no tanto. Todos bajo el mismo techo que ya tiene más de 100 años de historia.


UNA AMISTAD DE TODA LA VIDA

A Emilio lo conocen todos y podría decirse, es quien mejor tiene ganado el título de habitué. Será por eso que, a sus 93 años, viaja todos los fines de semana desde Moreno para encontrarse con su primer amor: el billar.
Su maestro fue Ezequiel Navarra, prócer billarista y campeón mundial, que le enseño a jugar en las mesas del bar cuando tenía 17 años. “Gané 5 campeonatos de billar acá. En el último campeonato hice 58 carambolas” relata. “Buscábamos armar el juego. Con calidad, despacito…”. Despacito como habla Emilio, y con cada frase revela un poco más de su historia. Parece tímido, pero cuenta que es un poco mujeriego y está claro que en todos los aspectos en un gran jugador. “Nos sacábamos chispas” cuenta de sus recuerdos de billar, y probablemente de algún romance también.
Es una noche de viernes cualquiera y Emilio caminó de Ciudadela a Liniers para tomar el tren y no faltar a su cita impostergable. A pesar del largo viaje, llega empilchado porque, como bien dice: “todos los hombre son mujeriegos”, y su última novia la conoció en el Sanber.
Pero sobre todo, el bar es el lugar de los amigos: “La amistad que conseguís acá no se encuentra en otro lado”, cuenta Emilio. “Cuando vengo me quedo toda la noche, si hay alguien juego al billar y si no, me quedo acá igual”.
Enrique también es de los de “toda la vida”. Se define como estepario, pero se dispone a la charla. “No me meto con nadie, paso desapercibido”, cuenta este aficionado al billar que desde hace 20 años visita el Sanber. En 1975 decidió irse a recorrer Latinoamérica solo y alejarse de la situación difícil del país. Volvió en 1981, porque extrañaba el mate y el asado, y desde entonces también empezaron sus visitas diarias al Sanber. “Hago crucigramas, sudoku. Siempre me siento cerca del billar, me gusta mirar. Jueguen mal o bien, aprendés igual”. Hoy trabaja en una florería en Acoyte y Angel Gallardo, y vende pochoclo en Parque Centenario. “Mientras buscaba laburo, lo usaba como un refugio”. Es habitual encontrarlo sentado mientras mira algún partido, y estudia atentamente cada jugada.
“El tordo” vive en el barrio desde los 12 años. La primera vez que pisó el Sanber fue a los 16 años con su papá que le enseño a jugar billar. Estudió toda la carrera de odontología a la madrugada sentado en un rincón del bar, que llenada de láminas colgadas de las paredes. La hospitalidad del Sanber trajo suerte: el día que se recibió salió el 37, el dentista, y los mozos y habitúes cobraron su premio. Hoy en día, 20 años después, define al San Bernardo como “un cable a tierra difícil de explicar”. No pasa un día sin que “el tordo” visite el Sanber a jugar al tute a la hora del almuerzo y vuelva a la noche después de trabajar.
“La gente no viene a jugar y a ganar, viene a estar con amigos. Las roscas que hubo por acá siempre fueron por compadrito. Siempre por el juego”. Recuerda los 70s como la época de oro del billar: “En tres bandas acá yo era el mejor. No había forma de ganarme”, cuenta orgulloso.

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ESA CASA LEJOS DE CASA

Emilio termina de tomar su porrón y desde el fondo se siente el ruido hipnótico de las pelotas picando en las mesas ping pong. Es territorio dominado por los más jóvenes, verdaderos deportistas nocturnos de pantalón corto y mirada concentrada. Ahí encontramos a Cristiam, un colombiano de 23 años: “El tenis de mesa es una terapia. Jugamos partidos a modo de torneo, todos contra todos. Así nos ayudamos a mejorar, no hay rivalidad”.
Le cuesta describir al Sanber en una sola frase: “Es como un templo”, “Es mágico”, “Un ambiente único”, “Tiene mucho misticismo”, “Es un sitio que tiene sensación de estar en casa”, son algunas de las definiciones que elige.
Vino a Argentina a estudiar y ya empezó tres carreras. Lo que todavía no abandonó es su visita semanal al Sanber. “Tiene un no se qué, que qué se yo”, arriesga antes de despedirse. Tal vez sea la definición más acertada de todas.
Raymond también encontró allí un lugar donde sentirse cómodo a 4000 kilómetros de su casa. Vino desde Perú a estudiar y se instaló en un departamento que comparte con una argentina, la misma que le recomendó el Sanber. “Este es el bar que tiene todo para hacer. Me gusta que hay buena música y suelo jugar al billar o al ping pong. También aprendí generala”. El plan se acompaña con cerveza y papas fritas con cheddar: “las pido solo acá“, confiesa, como una forma de corresponder la lealtad desentendida que le brindó el Sanber desde que pisó Buenos Aires por primera vez.
Los miércoles, el torneo de metegol se disputa entre jugadores de todo el mundo. Se alienta, se maldice y se festeja en diferentes idiomas. En el pizarrón que marca los resultados de cada partido se ven algunos nombres difíciles de pronunciar. El duelo Alemania- Francia es un clásico. Aunque tampoco falta un Atlanta-Chacarita.


NUEVAS GENERACIONES

Circulan bandejas con medidas de Fernet tan generosas que ya se sabe: son para compartir. Casi como una metáfora del espíritu del Sanber donde las porciones de papas fritas van al medio y las mesas se juntan para reunir grupos que se arman y desarman. En una de esas mesas esperan Hernán, Tao, Chipi y Martín a que llegue la tortilla que van a acompañar con cerveza y alternar con algún partido de pool o ping pong. Estos cuatro músicos tienen la costumbre de visitar el Sanber después de tocar en una banda de tango. Así como este grupo de veintipico desempolva partituras para rendir homenaje al ritmo porteño por excelencia, son muchos los que encuentran en el Sanber un lugar donde el encanto de antes se renueva: “Es el Buenos Aires de hace 50 años con la onda de ahora”, dice Martin.

En el Sanber todos son bienvenidos. Mucho más que un bar, es un mundo en miniatura donde las diferencias se saldan en un partido de billar o de ping pong. Y al otro día, todo vuelve a empezar.