El Sanber es mágico
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El Sanber

El Sanber es mágico

El Sanber es un lugar de todos, una mezcla rara de café porteño con bar notable y club de barrio; un sitio por donde han pasado glorias del tango y la poesía, de la cultura de Buenos Aires y, a la vez, un reducto urbano por donde pasan todos.

El día arranca. El ruido de pocillos y el olor a café llenan el salón. Paula se sienta junto a la ventana mientras mira pasar a una oficinista apresurada que claramente corre riesgo de perder el presentismo. Abelardo, vecino del barrio y habitué del café desde hace unos cuarenta años, mira con cierto recelo a ese muchacho de barba y anteojos prominentes que osó sentarse en su mesa. Justo en su mesa, habiendo otras libres. Por suerte está Paco, parroquiano como él, que lo invita a ubicarse a la suya, y entre saludos y comentarios sobre el clima se olvida del asunto.

Pasan las horas, pasa la gente, pasan los platos de milanesa con fritas, de locro, una ensalada y más locro. (Al comensal le suele gustar que el plato del día sea locro). Soda, vino y gaseosa, un cafecito y volver al trabajo.

El público se renueva y comienza a oírse el golpeteo de las fichas de dominó al salir de la caja. Vuelve Abelardo a escena. La partida es a cara de perro; los contendientes no se dan tregua. Al cortado le sigue otro cortado y cerrado en blancas: Abelardo no puede creer su mala suerte, tan bien que la venía llevando.

En la otra punta del salón fierros y luces son acomodados por un grupo de estudiantes de cine que, como futuros Scorseses, cuidan hasta el último detalle. Con excepción de Moria, futura estrella de cine que está descansando porque recién viene de pagar la luz en un Rapipago, todos hacen algo, sea acomodar un fondo, encender una caja de luz o abalanzarse sobre alguna de las tres pizzas que pidieron.

Atardece. La filmación es un éxito y todos aplauden. Al costado de ellos un grupo de alemanes se suma al festejo, intercambian brindis y… caramba, Günter deviene en chamullero empedernido y parece que a Moria le resulta irresistible. A los amigos extranjeros se suman unos amigos locales y, como suele pasar en estos casos, todo termina en un desafío al metegol.

Partido cumbre, reedición de dos finales mundiales. “Este es el bueno”, anima un porteño a su compañero. El berlinés asiente y levanta su chopp. Nadie sabe si entendió o no, pero la pelota rueda y alrededor se llena de hinchas. La afición está dividida. El encuentro es peleado y todo se define en la última bola.

Cae la noche y en el San Bernardo se produce una nueva mutación. Numerosos grupos de amigos, jóvenes y no tanto, comparten tragos, comidas rápidas y las mesas de pool, billar y ping pong. A veces se suman un DJ, bailarines de tango u otros eventos culturales.

El Sanber es un lugar de todos, una mezcla rara de café porteño con bar notable y club de barrio; un sitio por donde han pasado glorias del tango y la poesía, de la cultura de Buenos Aires y, a la vez, un bar de barrio.

Los martes de ping pong se han convertido en un clásico que atrae tanto a “amateurs” como a profesionales de este deporte, y para los turistas de todo el mundo que visitan Buenos Aires, ya es casi obligado pasar por el Sanber y formar parte de esa fauna al menos por una noche.

En El Sanber hay sitio para todo el mundo y, al final, uno se siente como como en casa. La magia que irradia el lugar tal vez tenga que ver con todo esto y con la esencia del barrio. Uno puede venir con amigos o hacer amigos. Conocer gente nueva en este bar se vuelve una grata costumbre.

Son las cinco de la mañana. San Bernardo cierra sus puertas solo para reabrirlas un par de horas después y volver a dar vida a esa mutación diaria que tanto nos gusta a todos.