Donde el ping pong es mucho más que un juego
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Juegos / Ping Pong

Donde el ping pong es mucho más que un juego

Cuando el tenis de mesa se incorporó en los Juegos Olímpicos de Seúl ’88, ya hacía más de 20 años que reunía a sus más apasionados adeptos en las mesas del Sanber. A fines de 2011, los martes a la noche sus mesas se llenaron de jóvenes locales y extranjeros y puso al bar en las tapas de los diarios. Hoy, para confirmar que hay pasiones que superan cualquier moda, este deporte sigue convocando a amateurs y federados que entrenan con el sueño de competir como cualquier deportista.

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IMPRONTA LÚDICA

Los juegos están en el corazón del SanBer: recorrerlo es encontrarse con caras concentras y miradas desafiantes que se enfrentan al dominó, al truco, al burako, al ajedrez, al pool o al metegol. Desde el fondo llega la melodía hipnótica de la pelota rebotando en 7 mesas a la vez, y el chirrido de las zapatillas de los jugadores que se mueven veloces de una punta a la otra de la mesa. Ahí, en el fondo del centenario salón, el ping pong sigue siendo un juego, pero también, un deporte que cada vez más aficionados se toman muy en serio. También es el lugar que eligieron los integrantes del equipo mayor de la Asociación Argentina de Tenis de Mesa (FATM) para celebrar el Día Mundial dedicado a este deporte, en abril de este año.

 

UNA MESA DONDE TODOS SON BIENVENIDOS

Un chico de 13 años mira fijo a la pelota y se mueve con agilidad mientras corrige su técnica de revés. Un hombre de 70 años practica esta nueva actividad que le indicó el doctor después de una operación de oído, para mejorar el equilibrio. Un oficinista que se tomó el horario de almuerzo para perfeccionar su saque. Un amateur de veintipico sueña con llegar a representar al bar en algún torneo oficial.  

Esa convocatoria espontánea de jugadores que el Sanber tiene desde hace más de 50 años, se materializó desde 2016 en una propuesta de 3 clases semanales que ya tienen cupo completo. “El ping pong no tiene edad, eso es lo lindo de este deporte. Desde el principio fue heterogéneo el perfil de los alumnos que se anotaron”, explica Patricio “Pato” Migueles, el profesor que llegó al bar con su auge nocturno en 2011 y se reencontró con ese deporte que hace más de 7 años había abandonado. Pato cuenta: “Con los niños me tomo muy en serio inculcarles todo bien hecho. Los adultos vienen con un montón de juegos en su casa con sus amigos, con una técnica muy propia, que de a poco  y con paciencia hay que ir cambiando. Pero todos están en la misma clase y aprenden jugando juntos”.

La diversidad es parte de la identidad del Sanber, y en las clases de ping pong también es su metodología. A la fórmula se suma la dedicación y atención personalizada: “En otros clubes, que tienen 200 jugadores y hasta 60 por clase, tenés que andar con un cronómetro y cada 3 minutos cambiar el ejercicio a cada mesa, relojeando desde lejos. Acá la ventaja es que somos 8 o 10 por clase, entonces yo en algún momento puedo estar con un alumno y enfocarme 15 o 20 minutos en practicar algo hasta que empieza a funcionar”, agrega el profe.

Este enfoque personalizado atrae incluso a jugadores que ya entrenaban en clubes, y decidieron cambiar por las clases en el bar porque, cuentan ellos, “con más atención el progreso se ve mucho más rápido”.

CON LA CAMISETA DEL SANBER

Reflejos alerta, coordinación entrenada y concentración atenta son imprescindibles para lograr una buena técnica, algo que, para llegar a un nivel competitivo, requiere horas y esfuerzo de entrenamiento.

El ping pong en el SanBer empezó como un hobbie, se formalizó con las clases, y al poco tiempo fue clara la demanda de contar con una propuesta especial para los que buscaban un entrenamiento riguroso orientado a objetivos deportivos. Así nació la que se conoce como “4ta clase”. La convocatoria fue abierta pero la consigna clara: “Es un grupo motivado por la competencia. Si bien estamos en un bar, a ninguno de los chicos les da para tomarse una cerveza mientras entrena”, aclara Pato. Lejos quedó para este grupo de deportistas la escena de ping pong nocturno donde todo era simplemente un juego.

En los pocos meses que lleva funcionando la “4ta clase”, hay muchos jugadores que armaron su propia paleta, atentos a cada detalle que les permita perfeccionar su técnica. Son jugadores que proyectan competir en el circuito oficial, cuando el Sanber pueda presentarse como club. Las camisetas ya están listas y el espíritu de equipo cada día más consolidado.  

Entrenamiento personalizado, mesas profesionales y torneos que convocan a amateurs y federados, son apuestas que hace el bar para apoyar este deporte. “En parte gracias al ping pong el San Bernardo es hoy lo que es, queremos mejorar continuamente las condiciones para seguir acompañando ese crecimiento”, agrega Lucas, quien está hoy al frente del bar que fundó su abuelo.

 

AMIGOS, JUGADORES, FIGURAS

Años antes de que arrancaran las clases, muchos aprendieron ping pong en el Sanber por mirar, animarse y jugar con otros, algunos de ellos federados, que también eligen este lugar para practicar y divertirse. En ese cruce se formaron jugadores como Martín Wagner, uno de los referentes locales del tenis de mesa que rankea en TMT: “Son muchos los que se han formado aquí, nunca han ido a un club y han logrado niveles muy altos por jugar acá antes de que empezaran las clases. El hecho de venir a compartir una mesa y aprender de otros era algo que pasaba normalmente en el bar”, cuenta Pato.

No es raro encontrarse en el Sanber a Pablo Tabachnik o Gastón Alto, dos Nro. 1 en el ranking argentino que lograron su lugar en el podio olímpico, Paula Fukuhara, referente femenino del deporte en el país y el exterior, o Javier Cillis, que nos representa en Sudamérica y el mundo, y también disfruta pasar por el bar a pelotear sin otra pretensión que la de disfrutar este deporte.

Esa combinación de gente generó que chicos que comenzaron a jugar sin saber nada, adquirieran las ganas de tener indumentaria adecuada, armar su propia paleta, o conocer los detalles del reglamento. Algunos de ellos entraron al Sanber con antojo de papas fritas o para compartir un rato con amigos, y se quedaron por el despertar de una nueva pasión.

SEDE DE UNA AFICIÓN

“Hay mucha gente que toma al Sanber como bar, como su casa, como lugar emblemático de Villa Crespo, o como club”, describe Lucas. Lo cierto es que clubes hay de todo tipo, si hasta los fans del mediático de turno e incluso la milanesa tienen uno. En cualquier caso, sea cual sea su fin, lo que da identidad a un club son sus miembros, unidos por intereses comunes y sentido de pertenencia. Esas condiciones reúnen en el Sanber a amateurs y profesionales del ping pong, a los que aprendieron de mirar y a los que se animan a entrenar los miércoles, con todas las exigencias que eso implica.

Por si quedara alguna duda, Pato afirma seguro: “Lo que pasa acá de verdad es una clase, de verdad es deportivo, y de verdad hay interés de muchos alumnos por mejorar y participar en torneos”. ¡Hay equipo!